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domingo, 1 de abril de 2012

la lela

cuando mi papá y sus hermanos eran chicos, mi abuela no los dejaba tener bicicletas ni andar en ellas porque podían caerse. tampoco los dejaba salir, asi que tenían que escaparse y aguantar al regreso la sesión de barillazos. eso hasta que pudieron irse de la casa luego de casarse.estuvieron practicamente viviendo en un internado hasta los veinticinco años o más. al menos dos de ellos.

cada vez que mi papá cierra una puerta, pone un candado o advierte sobre algún peligro a alguien - y lo hace con demasiada frecuencia-, yo veo a mi abuela en su cara. veo su inseguridad psicopática y su pesimismo encubierto en una prevención excesiva. veo también a mi tío, el hermano del medio que nunca consiguió esposa, que nunca pudo salir de esa casa dominada por mi abuela y habitada por el cariño disperso de mi abuelo.

en medio de esas dos personalidades, a mi tío se le confundió el sentido de la existencia y se vio obligado a construir una vida a partir de los devenires más insignificantes: anotar los números del medidor de la luz todos los días, coleccionar candados, bolsas, zapatos, cajas de remedios y libros, lavarse las manos hasta sangrar, revisar la cerradura de las puertas una y otra vez antes de salir, o comprar cajas de golosinas semanalmente para calmar la ansiedad.

mi abuela está en todas esas acciones como un timbre de validación burocrático. a veces voy por la calle y se me aparece su cara como un fantasma en medio de la sinapsis. "en eso que acabas de hacer, también estoy yo".

facho por miedo

ahí va mi papá, a paso apresurado por una de las arterias del santiago centro de fines de los sesenta. va junto a un montón de otros cabros, todos con pantalones acampanados y sueters ajustados. cargan banderas del partido nacional de chile. marchan orgullosos al lado de sergio onofre jarpa. caminan, se ríen, gritan al unísono en contra del comunismo. caminan un poco más allá. un poco más, hasta encontrarse con el grupo opositor. el enfrentamiento comienza, como la mayoría de las veces, con palabras amenazantes. luego vienen los insultos. los empujones. los manotazos. los golpes. de pronto el balazo y un rojito que cae al suelo.  mi viejo corre, corre y corre. vuelve hasta nuestra conversación post almuerzo en la casa en que vivimos en el puente alto del siglo xxi, para decirme sin verguenza ni orgullo, que el muerto era un brasileño y "que nunca se supo quién lo mató". se me viene a la cabeza la foto empolvada de pinochet que mi papá tiene colgada en el cuartucho de cachureos de la casa. me da la impresión de que la tiene ahí solo para provocarnos. para ver hasta donde llega nuestra amor hacia él. un amor traducido en la aceptación de ese fascismo que siempre ha sido más emocional que ideológico. mi padre es un facho por miedo, no por convicción.

sábado, 31 de marzo de 2012

reírse de todo para que no duela tanto

mi abuela estaba de cumpleaños ese día. mi mamá y mi tía, las hijas menores de la familia, tenían entonces alrededor de 8 y 9 años, respectivamente. mi mamá dice que no recuerda por qué, pero decidieron regalarle un cenicero a mi abuela. "tenía la cara de una negrita que por la boca botaba humo". mi abuela nunca fumaba y cuando vio el regalo lo dejó a un lado,evidentemente molesta. "no me gusta", dijo en tono amargo. mi tía, en señal de protesta, agarró el cenicero y lo lanzó lejos desperdigando trozos de loza por toda la casa. mi abuela la tomó de un brazo y, según mi mamá, "le sacó la chucha". me lo cuenta mientras se ríe a carcajadas. ella y otra de mis tías. esa es la técnica. el tiempo ayuda también en esa tarea: permite crear la distancia humorística frente una autoridad que está ahora completamente atrofiada por la vejez.